sábado, 31 de julio de 2021

"CAÑAMARES" DE ESTEBAN RODRÍGUEZ RUIZ.

 




"Fueron noches de insomnio y pesadillas las que precedieron al día en que se vino abajo su estructura mental y se mezclaron en un mismo nivel el presente y el pasado, la realidad y lo imaginado, por lo que nada pudo hacerse para reconstruir una de las principales fuentes de información, por no decir la única, que hubiera permitido saber qué es lo que ocurrió en aquella funesta época de las inundaciones.

Cañamares siempre había sido un pueblo pequeño, aun en los momentos en que su condición de encrucijada entre los dos valles y cruce de caminos hizo que su actividad comercial floreciese más allá de lo conocido en las ferias de ganado, que se celebraban al final de cada estación, y las más abiertas, que tenían lugar todos los jueves del año; nunca llegó a tener más de doscientos habitantes de manera estable, aunque sí había una población flotante que pasaba allí algunas temporadas y que se establecía en las chozas y cabañas que existían desde tiempos inmemoriales, o en las que se fueron construyendo a lo largo de los años.

Hubo un momento de espejismo, aquel en que la Orden de los Franciscanos decidió construir allí un nuevo convento a fin de estar más próximos a la naturaleza y en donde poder retirarse cuando los agobios de la ciudad, que creció junto a la casa principal, se hiciese insoportable. Mas no pasó de ser, como decía, un espejismo, pues los religiosos, para evitar que ocurriera lo mismo, optaron por alejarse aún más de toda posible influencia y desecharon aquella primera idea. Con esta decisión se frustraron las expectativas de los “mandamases” del lugar que ya habían empezado a “vender las aceitunas antes de plantar los olivos” y calibraron lo que suponían las renuncias y desmentidos que ahora tendrían que comunicar a todos aquellos a los que les habían prometido prebendas que ahora no podrían cumplir. Mas pronto descubrirían que esas preocupaciones serían desplazadas por otras que tendrían realmente importancia y para las que no estaban preparados, si es que se puede estar para vivir y asimilar los acontecimientos que desbordaban toda posibilidad de cálculo. Y las inundaciones lo fueron.

Todos sabían que Cañamares había surgido a partir de un cortijo, convertido posteriormente en caserío, en el cauce de lo que en tiempos fue una cañada, aunque nadie, ni los más viejos del lugar, recordaban haber visto correr una sola gota de agua, ni siquiera en los momentos de grandes tormentas, o en los veranos lluviosos de otras épocas, pero sí sabían, porque se había ido transmitiendo de padres a hijos, que esa hondonada que poco a poco fue desapareciendo con el efecto de las labores y los escombros y rellenos que allí se fueron depositando, había sido la salida natural cuando rebosaba la Laguna Alta, también seca ahora desde que empezaron a hacer norias en las tierras cercanas para poder regar los cultivos y abastecer las granjas que allí se instalaron.

Él siempre había oído hablar a sus mayores, cuando se hacían comentarios de estos temas, que la naturaleza no miente ni discute y cuando es necesario, o de vez en cuando, “saca las escrituras y señala las lindes de sus pertenencias”, y eso es lo que ocurrió entonces, que ya todos se habían olvidado de la fuerza de lo que permanece callado.

Tras el temporal, que había apuntado al final del otoño y se extendió por gran parte de los días del invierno, empezaron a llegar noticias de que la laguna se estaba llenando de agua y a manar por los chorros que hacía varias generaciones estaban secos. Pero nadie se inquietó, tal vez porque la ignorancia es atrevida, y no hay peor ignorancia que la inducida por la ilustración de los tontos. Llegó la primavera y fue realmente explosiva, pues germinó todo lo germinable y se llenaron de hierba todos los campos y ribazos. La cosecha fue un regalo y ya estaban todos los campos, y algunas eras, llenas de haces con la mies rendida que había sido segada por cuadrillas que fue necesario aumentar con gentes venidas de otros pueblos, como antaño decían que pasaba.

Fue entonces, en las primeras horas de la tarde del día de San Juan, cuando empezaron a formarse negros nubarrones que no anunciaban nada bueno. Tras un trueno que dejó sobrecogidos a todos y llenó de nerviosismo a los animales, empezó a descargar la tormenta. Estuvo lloviendo toda la tarde, la noche y hasta bien entrada la madrugada, por lo que tuvieron que subir lo posible a las cámaras y pajares a fin de preservarlo de esa humedad que inundaba los sótanos y plantas bajas y que no era sino el anuncio de lo que estaba por llegar, pues unos días después, cuando parecía volver la normalidad, se repitieron las lluvias y esta vez ya no pudieron prevenir ni tomar nuevas medidas, pues el agua se hizo dueña de lo suyo y parecía que se quería cobrar los incumplimientos de aquellos años pasados. Poco a poco tomaron conciencia plena de la situación y lo que ello significaba, mas no fueron capaces de adoptar las decisiones necesarias y cuando quisieron hacerlo ya era demasiado tarde y sólo cabía intentar ponerse a salvo, si eso hubiera resultado posible. Algunos lo consiguieron, aunque en estado lamentable y, de ellos, sólo lograron sobrevivir unos cuantos, pero el único que parecía inmune era Luis, el que fuera el alcalde, aunque nunca llegó a recobrar el pleno conocimiento de lo acontecido.

La inundación de Cañamares pasó a formar parte de la leyenda que intentaba explicar el por qué de aquellos muros, aquellas ruinas en medio de un secarral que a duras penas se mantenían en pie junto a las nuevas construcciones que luego se hicieron en la parte alta de la loma.

Algún que otro legajo puede encontrarse en Uclés, en los que se da cuenta de aquellos acontecimientos, mas no hacen sino recoger comentarios y narraciones que han ido pasando de unos a otros, siempre como tradición oral, y que, finalmente, alguno se decidió a darle forma y fijarlo como documento escrito. No tiene más valor que eso: dejar constancia de que ocurrió"


Esteban Rodríguez Ruiz.



6 comentarios:

  1. Buenas tardes me pregunto qué hay de real en esta historia y qué de ficción, me ha encantado.

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  2. Buenas tardes, Elena. El relato es, fundamentalmente, ficción, aunque tenga referencias reales. Cañamares existe. Está recreado en su ubicación geográfica. Inundaciones como esta se han producido. También especulaciones sobre expectativas de futuro... Siempre, al escribir ficción, echamos mano de imágenes que almacenamos en la memoria. Pero este relato es totalmente encuadrable en la ficción.
    Gracias por tu valoración.

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  3. Hola, Esteban, bonito y descriptivo relato de unas inundaciones tan reales como la existencia de Cañamares, aunque como he leído, se encuadre casi por completo en la ficción. Es increíble como lo describes todo, de una forma tan vívida y realista como si hubiera ocurrido tal y como lo narras. Me ha gustado mucho. Enhorabuena y saludos!!

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    1. Juan, muchas gracias por tus generosas palabras y la valoración que haces del relato.
      Me alegra haber podido conocerte a través de Rosa, siempre tan dispuesta a tender puentes de comunicación. Un abrazo.

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  4. "el por qué de aquellos muros, aquellas ruinas en medio de un secarral que a duras penas se mantenían en pie junto a las nuevas construcciones que luego se hicieron en la parte alta de la loma" .

    Lo visual del texto se entrevera con la perplejidad del que se encuentra con los restos de Cañamares. Estas líneas son, en definitiva, el clímax tangible de este hermoso relato. Enhorabuena. Agustín Blanco

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  5. Gracias por tu generoso comentario, J. Agustín. Sabes que me gusta imaginar a partir de lo concreto y esta vez lo tuve fácil. Las imágenes surgieron con su propia fuerza. Un abrazo.

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