Historias de las lavanderas y lavaderos de mi pueblo
Villamanrique
es un pueblo, del Campo de Montiel, pequeño y bonito, con mucha
historia y solera, por eso yo les
cuento la historia de lavaderos y
lavanderas.
Lo que les
voy a explicar, a tiempo que sucedió, allá por los años 55 -60.
Siendo yo muy niña recuerdo que en mi pueblo escaseaba el agua, no había red de agua corriente en las viviendas ni tampoco red de alcantarillado, solo había una Fuente en la Plaza principal del pueblo, con dos caños a los que les bautizamos como “el caño Gordo” y el otro “el Ruin”
Había tambien dos pilares denominados El Pilar Viejo, que tenían dos caños, un caño normal y el otro un caño con un chorro diminuto. Y otro pilar era el llamado del Pilarillo, este tambien tenía dos caños pero eran de pena, dos chorros diminutos y uno a veces se cortaba y no salía agua, de manera que cuando queríamos llenar el cántaro de agua, había que pedir la vez para saber cuándo te tocaba, de forma que al día podíamos llenar unos tres cántaros de agua.
Villamanrique por entonces contaba con mayor población que ahora,
había más habitantes y se necesitaba el agua a diario, tanto para beber como
para las faenas del hogar.
Como el líquido
preciado era tan escaso, de tanto ajetreo de idas y venidas, las mujeres
acudíamos a los lavaderos y allí nos defendíamos mejor para el lavado de las
ropas, su tendido y secado.
Los lavaderos eran muy apreciados y concurridos por todas las mujeres y empiezo mi relato por el lavadero de los Pozos de Peña Gorda, que están al pie de la Sierra.
A pocos metros de la ermita de San Isidro estaba el Pozo de Tremedal que era muy pequeño y casi de uso familiar; otro era el de las Melgas de igual uso familiar, otro era el Pozo de Román, a este sí que íbamos mucha gente a lavar , y otro era el Pozo de la hermana Dolores, que era un pozo muy vistoso, de gran amplitud. Todos los pozos anteriores carecían de brocal, pero este último, alrededor del anillo del pozo, tenía como unos dos metros de empedrado y al terminar el anillo, una caseta de piedra con su techumbre y una puerta, ese era el lugar más concurrido sobre todo si llovía o había tormentas, porque nos podíamos guarecer y refugiar de la lluvia.
He de decir que para poder ir a los
pozos, había que ir el día anterior a por la llave a casa de los dueños, y
luego por la noche del día de la faena, había que volverla a depositar a sus dueños
y pagar, siendo el importe a satisfacer de “Dos Pesetas”, por lavar todo el
día, y nos preguntaban quienes habíamos estado respondiéndoles pues: "La Carmen,
La Pepa, La María y la Ramona",estas ya sabían que tenían que ir a pagar. Esta
cantinela era igual para todos los pozos.
Siguiendo con la ruta llegamos a los Pozos de la Alegría, los dueños vivían en el cortijo que tenían
junto al pozo, de manera que nos ahorrábamos tener que pedir la llave. De este
pozo recuerdo que era un agua como no había otra, era de un sabor anisado y comentábamos que con esa agua, sol y
jabón del que hacían nuestras madres en las casas con sosa y aceite (y aún se continua haciendo), se quedaban las ropas como las estrellas. Aquí se encontraba este pozo en el que había una caña que era como un túnel, una
bóveda de unos cinco metros y allí entrábamos y al final de esta había un caño
de teja precioso, era un agua muy preciada
para las legumbres y allí subíamos, al pie de la sierra, las más
jovencitas y mozuelas con nuestro
cántaro para luego cocer los garbanzos y demás legumbres, y además nos
lavábamos la cara porque te daba un brillo en el cutis, que resplandecía como
el sol.
Siguiendo la sierra, al poniente, nos encontrábamos con el cortijillo de las Chispas, cuyos propietarios eran D. José Guijarro y Doña Catalina. Era una finca de recreo y
estaba habitada siempre por un matrimonio que carecía de medios y allí se
recogían y no pagaban nada de alquiler solo a cambio de lavar las ropas del
propietario y tener limpio el cortijo. Era pequeño, contaba con una habitación y
una cocina con una chimenea y al lado de esta, un chinero para dejar los
platos.
Este pozo tenía unas puertas parecidas a una ventana, y no
necesitábamos soga para sacar el agua, pues siempre estaba lleno y con los
cubos y las manos sacábamos la que se necesitaba. De este mismo pozo salía un
arroyo, (aunque de los arroyos os contaré más adelante), y así mismo había unas
hormas de piedra para tender la ropa, que quedaban hermosísimas, y debajo había
un navajo de agua que siempre estaba lleno.
Ahora pasamos a la Noria del Hermano Chinitas, que se encuentra en el camino de la fontana, entre olivos. Este lavadero era una noria, no era un pozo, por eso era distinto a los demás, su dueño hizo un aljibe cuadrado y todo su alrededor revestido de piedra y cemento, acondicionado para dejar los cubos, y en ese aljibe se recogían todas esas aguas sobrantes que se derramaban. Aquí sí que volveríamos al mismo sistema de petición de llaves y devolución de las mismas y su pago.
Seguimos con la misma dirección de poniente y nos trasladamos al Cortijo del Hermano Pinocho, se trataba de un matrimonio mayores de edad y que vivían en este cortijo o más bien refugio porque se encontraba muy deteriorado, y recuerdo cuánto frío debieron pasar sus moradores porque yo pasé más de lo que se os pueda figurar entre otras razones era, que yo solía ir con más frecuencia allí. Era un lavadero al que iba cuatro días seguidos a lavar y se pasaba mucho frío en invierno y muchos calores en verano. Recuerdo que la hermana Pinocha se asomaba a la puerta y me decía: “Muchacha ven y te das un calentón, que te vas a quedar tinfana”, y me insistían tantas veces que no podía resistir la tentación de darme el calentón del fuego que desprendía la hoguera prendida en la chimenea, y mientras me calentaba me decía: "Os voy a leer la carta de mi nieto que se fue a la Guardia Civil" y al que ellos habían criado, dicho nieto se llama Juli y la carta la leía una y otra vez. Os cuento esto porque tanto tiempo pasaba con ellos que parecíamos que éramos familia, yo les quería mucho al igual que ellos a mí.
Este pozo que aún existe, era un pozo abundante y allí nos juntábamos ocho o diez mujeres lavando todo el día, y a pesar de ello no se notaba bajar de nivel. Los cubos eran de cinc, no había llegado todavía el plástico y a veces ocurría que se rompía la soga o se te escapaba de las manos y allá que te va el cubo al pozo, "¿y ahora qué hacemos?" pues la solución era echar las abarrederas de las ánimas, o las de San Antonio. Las primeras estaban en casa de Ambrosio, y las segundas en casa de la hermana Antonia la Monja, claro está que había que dar una limosna para la iglesia, para los pobres o para misas.
Os explico cómo eran las abarrederas, consistían en un aro de hierro y una cruz cruzando el aro, y una anilla grande donde se ataba la soga, y alrededor del aro unos trozos de cadenas y en cada cadena unos ganchos que al echarlos al agua y llegar al fondo, engarzaría con los cubos u otros objetos perdidos. A la vez que se echaba la abarredera se decía la petición más o menos así: "Ánimas benditas que se enganche mi cubo" y a veces salían dos y tres cubos engarzados de gente que los había perdido, de aquí viene el dicho de “eres peor que las abarrederas de las ánimas”. Esta apreciación es muy utilizada cuando quedan las últimas sobras de comida, y con el fin de apurarlo todo.
Ahora aprovecho para deciros cómo se lavaba la ropa, La piedra era una losa llana y hermosa y alrededor hacíamos un rondo de piedras pequeñas sobre la tierra para evitar que la ropa diera con la tierra, se le daba un” ojo de jabón” a toda la ropa blanca y la íbamos dejando sobre aquellas piedras y cuando ya estaba toda enjabonada se echaba el remojo y empezábamos otra vez a restregar y zapatear, otro buen ojo de jabón y a la horma y después tender, con jabón se regaba unas tres veces y después vuelta a quitar ese ojo y lo que estaba bien se ondeaba con un agua de azulete y a tender en las matas de los chaparros para secarse, y la que al sol no había quitado las manchas, otra vez jabón y al sol. Ni que decir tiene que cuando se terminaba la faena había que fregar los cubos para volver a echar la ropa ya limpia. La limpieza de los cubos era muy curiosa porque se hacía con un puñado de hierbas secas y un puñado de tierra del suelo, se restregaba y se enjuagaban con agua y quedaban tan limpios que parecían de plata, este detalle era muy apreciado por las lavanderas de verdad, y otro detalle era llevar el mandil bonito y planchado durante el trayecto a los pozos y una vez allí se cambiaba el mandil por otro de pana, dejando a buen recaudo el primero con mucho decoro y esmero, junto a la merienda, o bien en un árbol u oliva colgado para evitar que las hormigas no se metieran en la comida. La comida se decidía con mucha armonía y respeto a las mayores que lo decidían a la voz de “Venga muchachas vamos a comer”, formándonos en corro, sacábamos la merienda y nos disponíamos a comer que por lo general casi todas llevábamos lo mismo, unos pimientos fritos, un huevo y una sardina salada y el postre no se estilaba porque solo había un puñado de aceitunas de las que endulzábamos, o un hilo de uvas el que tenía viña, o un melón.
Poca cosa verdad, pero sabía a gloria bendita y qué felicidad, cómo lo pasábamos de bien, había una gran unión y cantábamos romances, que por cierto de vez en cuando venía un hombre que le decíamos "el romancero" y se ponía en las esquinas y cantaba el romance que se trataba de hechos sucedidos por el mundo, tras cantarlos sacaba las copias de los romances en papeles de color, cada color una historia y los vendía a perra gorda cuyo valor eran 10 céntimos de antes. Nosotras nos los llevábamos y cantando repetíamos una y otra vez estos romances hasta que terminábamos por aprenderlos de memoria. Al final os pondré uno de estos romances, que por cierto conservo escritos porque la edad no perdona y ya la memoria no es como antes, de manera que teniéndolos escritos siempre se pueden recordar.
Y ahora voy con el
último pozo, este está en la carretera de Andalucía antes de llegar a los baños
de Perete, a la derecha y se le conocía como El pozo de las Canteras. En este pozo no se pagaba nada, era un abrevadero
para los animales, era un pozo hermoso y grande, también sin brocal y llevaba
cruzada una viga grande de madera. Por cierto, un buen día estábamos lavando
tres mozas, ellas dos eran mayores que yo, y yo tendría 15 ò 16 años, una de
ellas que se llamaba Salud, cayó al pozo y la otra sin pensárselo se metió en el pozo, se espatarró en la viga y
la salvó, la que cayó era "la Salu de Gabriel" y la que la salvó, "la Ramona de
Colas", ya fallecidas y Dios las tenga en la gloria bendita, y una servidora me
llevé un susto de muerte, hice lo que pude y rezar que era lo único que sabía.
Finalmente rematamos con el denominado El Abrevadero que se encontraba ubicado al final del pueblo, en el quiñón del hermano Quico, en el arroyo de los Perros, junto a la huerta del hermano José García, y frente a la hoy Guardería Infantil. Tenía un pilón muy grande y manaba mucha agua de manera que abastecía igualmente como abrevadero para los animales, por la circunstancia de proximidad estaba siempre muy concurrido, carecía de piedras por lo que cada lavandera llevaba su tabla de madera y nos buscábamos las mañas para coger buen sitio, dejando algún señuelo o la tabla y otra de las ventajas que tenía era que no había que echar merienda, al mediodía a comer a la casa.
Hasta aquí es cuanto recuerdo de modo generalizado sobre los lavaderos y el modo de vida de las lavanderas, solo me queda agradecer con mucho cariño y respeto a las que fueron mis compañeras en la adolescencia y a cuantas ya nos dejaron para pasar a mejor vida, agradecerles su enseñanza y sabiduría para tales menesteres y por todo lo compartido con ellas, su ayuda entrañable en estas tareas, su bondad y buen trato que nunca olvidaré, y a quienes rindo un merecido homenaje con estas historias. Y a vosotros queridos lectores, pediros disculpas si la narración no es lo más correcta, he mantenido el léxico que se utilizaba entonces y las palabras a veces desconocidas o raras pero fácil de entender, espero que sabréis disculpar. Gracias


