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viernes, 12 de marzo de 2021

"HISTORIAS DE LAS LAVANDERAS Y LAVADEROS DE MI PUEBLO" PACA JIMÉNEZ MUÑOZ.

 



Historias  de las lavanderas y lavaderos de mi pueblo

Villamanrique es un pueblo, del Campo de Montiel, pequeño y bonito, con mucha historia y solera, por eso yo les cuento la historia de lavaderos y lavanderas.

Lo que les voy a explicar, a tiempo que sucedió, allá por los años 55 -60.

Siendo yo muy niña recuerdo que en mi pueblo escaseaba el agua, no había red de agua corriente en las viviendas ni tampoco red de alcantarillado, solo había una Fuente en la Plaza principal del pueblo, con dos caños a los que les bautizamos como “el caño Gordo” y el otro “el Ruin”

Había  tambien dos pilares denominados El Pilar Viejo, que  tenían dos caños, un caño normal y el otro un caño con un chorro diminuto. Y otro pilar era el llamado del Pilarillo, este tambien tenía dos caños pero eran de pena, dos chorros diminutos y uno a veces se cortaba y no salía agua, de manera que cuando queríamos llenar el cántaro de agua, había que pedir la vez para saber cuándo te tocaba, de forma que al día podíamos llenar unos tres cántaros de agua.

Villamanrique por entonces contaba con mayor población que ahora, había más habitantes y se necesitaba el agua a diario, tanto para beber como para las faenas del hogar.

 Como el líquido preciado era tan escaso, de tanto ajetreo de idas y venidas, las mujeres acudíamos a los lavaderos y allí nos defendíamos mejor para el lavado de las ropas, su tendido y secado.

Los  lavaderos eran muy apreciados y concurridos por todas las mujeres y empiezo mi relato  por el lavadero de los Pozos de Peña Gorda, que están al pie de la Sierra. 

A pocos metros de la ermita de San Isidro estaba el Pozo de Tremedal que era muy pequeño y casi de uso familiar; otro era el de las Melgas de igual uso familiar, otro era  el Pozo de Román, a este sí que íbamos mucha gente a lavar , y otro era el Pozo de la hermana Dolores, que era un pozo muy vistoso, de gran amplitud. Todos los pozos anteriores carecían de brocal, pero este  último, alrededor del anillo del pozo, tenía como unos dos metros de empedrado y al terminar el anillo, una caseta de piedra con su techumbre y una puerta, ese era el lugar más concurrido sobre todo si llovía o había tormentas, porque nos podíamos guarecer  y refugiar de la lluvia.

He de decir que para poder ir a los pozos, había que ir el día anterior a por la llave a casa de los dueños, y luego por la noche del día de la faena, había que volverla a depositar a sus dueños y pagar, siendo el importe a satisfacer de “Dos Pesetas”, por lavar todo el día, y nos preguntaban quienes habíamos estado respondiéndoles pues: "La Carmen, La Pepa, La María y la Ramona",estas ya sabían que tenían que ir a pagar. Esta cantinela era igual para todos los pozos.

Siguiendo con la ruta llegamos a los Pozos de la Alegría, los dueños vivían en el cortijo que tenían junto al pozo, de manera que nos ahorrábamos tener que pedir la llave. De este pozo recuerdo que era un agua como no había otra, era de un sabor anisado y comentábamos que con esa agua, sol y jabón del que hacían nuestras madres en las casas  con sosa y aceite (y aún se continua haciendo), se quedaban las ropas como las estrellas. Aquí se encontraba este pozo en el que había una caña que era como un túnel, una bóveda de unos cinco metros y allí entrábamos y al final de esta había un caño de teja precioso, era un agua muy preciada  para las legumbres y allí subíamos, al pie de la sierra, las más jovencitas y mozuelas  con nuestro cántaro para luego cocer los garbanzos y demás legumbres, y además nos lavábamos la cara porque te daba un brillo en el cutis, que resplandecía como el sol.

Siguiendo la sierra, al poniente, nos encontrábamos con el cortijillo de las Chispas, cuyos propietarios eran D. José Guijarro y Doña Catalina. Era una finca de recreo y estaba habitada siempre por un matrimonio que carecía de medios y allí se recogían y no pagaban nada de alquiler solo a cambio de lavar las ropas del propietario y tener limpio el cortijo. Era pequeño, contaba con una habitación y una cocina con una chimenea y al lado de esta, un chinero para dejar los platos.

Este pozo tenía unas puertas parecidas a una ventana, y no necesitábamos soga para sacar el agua, pues siempre estaba lleno y con los cubos y las manos sacábamos la que se necesitaba. De este mismo pozo salía un arroyo, (aunque de los arroyos os contaré más adelante), y así mismo había unas hormas de piedra para tender la ropa, que quedaban hermosísimas, y debajo había un navajo de agua que siempre estaba lleno.

Ahora pasamos a la Noria del Hermano Chinitas, que se encuentra en el camino de la fontana, entre olivos. Este lavadero era una noria, no era un pozo, por eso era distinto a los demás, su dueño hizo un aljibe cuadrado y  todo su alrededor revestido  de piedra  y cemento, acondicionado para dejar los cubos, y en ese aljibe se recogían todas esas aguas sobrantes que se derramaban. Aquí sí que volveríamos al mismo sistema de petición de llaves y devolución de las mismas y  su pago.

Seguimos con la misma dirección de poniente y nos trasladamos al Cortijo del Hermano Pinocho, se trataba de un matrimonio mayores de edad y que vivían en este cortijo o más bien refugio porque se encontraba muy deteriorado, y recuerdo cuánto frío debieron pasar sus moradores porque yo pasé más de lo que se os pueda figurar entre otras razones era, que yo solía ir con más frecuencia allí. Era un lavadero al que iba cuatro días seguidos a lavar y se pasaba mucho frío en invierno y muchos calores en verano. Recuerdo que la hermana Pinocha se asomaba a la puerta y me decía: “Muchacha ven y te das un calentón, que te vas a quedar tinfana”, y  me insistían tantas veces que no podía resistir la tentación de darme el calentón del fuego  que desprendía la hoguera  prendida  en la chimenea, y mientras me calentaba me decía: "Os voy a leer la carta de mi nieto que se fue a la Guardia Civil" y al que ellos habían criado, dicho nieto se llama Juli y la carta la leía una y otra vez. Os cuento esto porque tanto tiempo pasaba con ellos que parecíamos que éramos familia, yo les quería mucho al igual que ellos a mí.

Este pozo que aún existe, era un pozo abundante y allí nos juntábamos ocho o diez mujeres lavando todo el día, y a pesar de ello no se notaba bajar de nivel. Los cubos eran de cinc, no había llegado todavía el plástico y a veces ocurría que se rompía la soga o se te escapaba de las manos y allá que te va el cubo al pozo, "¿y ahora qué hacemos?" pues la solución era echar las abarrederas de las ánimas, o las de San Antonio. Las primeras estaban en casa de  Ambrosio, y las segundas en casa de la hermana Antonia la Monja, claro está que había que dar una limosna para la iglesia, para los pobres o para misas.

Os explico cómo eran las abarrederas, consistían en un aro de hierro y una cruz cruzando el aro, y una anilla grande donde se ataba la soga, y alrededor del aro unos trozos de cadenas y en cada cadena unos ganchos que al echarlos al agua y llegar al fondo, engarzaría  con los cubos u otros objetos perdidos. A la vez que se echaba la abarredera se decía la petición más o menos así: "Ánimas benditas que se enganche mi cubo" y a veces salían dos y tres cubos engarzados de gente que los había perdido, de aquí viene el dicho de “eres peor que las abarrederas de las ánimas”. Esta apreciación es muy utilizada cuando quedan las últimas sobras de comida, y con el fin de apurarlo todo.

Ahora aprovecho para deciros cómo se lavaba la ropa, La piedra era una losa llana y hermosa y alrededor hacíamos un rondo de piedras pequeñas sobre la tierra para evitar que la ropa diera con la tierra, se le daba un” ojo de jabón”  a toda la ropa blanca y la íbamos dejando sobre aquellas piedras y cuando ya estaba toda enjabonada se echaba el remojo y empezábamos otra vez a restregar y zapatear, otro buen ojo de jabón y a la horma y después tender, con jabón se  regaba unas tres veces y después vuelta a quitar ese ojo y lo que estaba bien  se ondeaba con un agua de azulete y a tender en las matas de los chaparros para secarse, y la que al sol no había quitado las manchas, otra vez jabón y al sol. Ni que decir tiene que cuando se terminaba la faena  había que fregar los cubos para volver a echar la ropa ya limpia. La limpieza de los cubos era muy curiosa porque se hacía con un puñado de hierbas secas y un puñado de tierra del suelo, se restregaba y se enjuagaban con agua y quedaban tan limpios que parecían de plata, este detalle era muy apreciado por las lavanderas de verdad, y otro detalle era llevar el mandil bonito y planchado durante el trayecto a los pozos y una vez allí se cambiaba el mandil por otro de pana, dejando a buen recaudo el primero con mucho decoro y esmero, junto a la merienda, o bien en un árbol u oliva colgado para evitar que las hormigas no se metieran en la comida. La comida se decidía con mucha armonía y respeto a las mayores que lo decidían a la voz de “Venga muchachas vamos a comer”, formándonos en corro, sacábamos la merienda y nos disponíamos a comer que por lo general casi todas llevábamos lo mismo, unos pimientos fritos, un huevo y una sardina salada y el postre no se estilaba porque solo había un puñado de aceitunas de las que endulzábamos, o un hilo de uvas el que tenía viña, o un melón.

Poca cosa verdad, pero sabía a gloria bendita y qué felicidad, cómo lo pasábamos de bien, había una gran unión y cantábamos romances, que por cierto de vez en cuando venía un hombre que le decíamos "el romancero" y se ponía en las esquinas  y cantaba el romance que se trataba de hechos sucedidos  por el mundo, tras cantarlos sacaba las copias de los romances en papeles de color, cada color una historia y los vendía a perra gorda cuyo valor eran 10 céntimos de antes. Nosotras nos los llevábamos y cantando repetíamos una y otra vez estos romances hasta que terminábamos por aprenderlos de memoria. Al final os pondré uno de estos romances, que por cierto conservo escritos porque la edad no perdona y ya la memoria no es como antes, de manera que teniéndolos escritos siempre se pueden recordar.

  Y ahora voy con el último pozo, este está en la carretera de Andalucía antes de llegar a los baños de Perete, a la derecha y se le conocía como El pozo de las Canteras. En este pozo no se pagaba nada, era un abrevadero para los animales, era un pozo hermoso y grande, también sin brocal y llevaba cruzada una viga grande de madera. Por cierto, un buen día estábamos lavando tres mozas, ellas dos eran mayores que yo, y yo tendría 15 ò 16 años, una de ellas que se llamaba Salud, cayó al pozo y la otra sin pensárselo se  metió en el pozo, se espatarró en la viga y la salvó, la que cayó era "la Salu de Gabriel" y la que la salvó, "la Ramona de Colas", ya fallecidas y Dios las tenga en la gloria bendita, y una servidora me llevé un susto de muerte, hice lo que pude y rezar que era lo único que sabía.

Ahora me voy a lo de los arroyos que os decía anteriormente, uno era el “Arroyo de las Eras” que baja del cortijillo de las Chispas, otro  el arroyo de las Entresierras  y el arroyo del Pozo de los Rojos. En estos cuando había temporales de pleno invierno y llovía tanto, bajaban plenos de agua, en ellos hacíamos unas charcas ahondando en el arroyo y lo empedrábamos con piedras pequeñas para que el agua no se removiera con la tierra, poníamos  unas losas de las que por allí había, una enfrente de la otra y al final de la charca la cortábamos con piedras más gordas, de esta manera se sujetaba el agua y con la ropa el agua quedaba estancada aunque corriese, pero había agua suficiente, esto se hacía cada cinco a seis metros de arriba abajo, y claro para poder hacer estar charcas había que madrugar para acotarlas y había veces que cuando llegabas con tu ropa, las charcas ya estaban ocupadas, por eso nos levantábamos antes de ser de día, llevábamos un trapo, lo ponías en la piedra y con otra piedra lo sujetabas y se respetaba el turno .

Finalmente rematamos con el denominado El Abrevadero que se encontraba ubicado al final del pueblo, en el quiñón del hermano Quico, en el arroyo de los Perros, junto a la huerta del hermano José García, y frente a la hoy Guardería Infantil. Tenía un pilón muy grande y manaba mucha agua de manera que abastecía igualmente como abrevadero para los animales, por la circunstancia de proximidad estaba siempre muy concurrido, carecía de piedras  por lo que cada lavandera llevaba su tabla de madera y nos buscábamos las mañas para coger buen sitio, dejando algún señuelo o la tabla y otra de las ventajas que tenía era que no había que echar merienda, al mediodía a comer a la casa.

Hasta aquí es cuanto recuerdo de modo generalizado sobre los lavaderos y el modo de vida de las lavanderas, solo me queda agradecer con mucho cariño y respeto a las que fueron mis compañeras en la adolescencia y a cuantas ya nos dejaron para pasar a mejor vida, agradecerles su enseñanza y sabiduría para tales menesteres y por todo lo compartido con ellas, su ayuda entrañable en estas tareas, su bondad y buen trato que nunca olvidaré, y a quienes rindo un merecido homenaje con estas historias. Y a vosotros queridos lectores, pediros disculpas si la narración no es lo más correcta,  he mantenido el léxico que se utilizaba  entonces y las palabras a veces desconocidas o raras pero  fácil de entender, espero que sabréis disculpar. Gracias