"Crecemos con sueños en nuestros ojos y canciones en nuestros labios, y descubrimos luego que la vida no es lo que pensábamos que sería. Y luego, descubrimos la nostalgia"
Gabriel García Márquez.
"Los inalcanzables horizontes de la interminable llanura que, aparentemente todo lo exponen al primer vistazo del transeúnte, esconden como sorpresas para el explorador, todavía hoy, infinidad de edificaciones en mitad del campo, habitadas por la historia, ya sea en ruinas o en buen estado. Donde la tradición delata en cada uno de sus detalles el paso de diversas culturas, y el trabajo de miles de brazos.
Cortijo, quintería o casilla. Han servido para denominar una forma de hábitat disperso en la mitad meridional de España. Significando el cortijo, el sinónimo más extendido que mejor identifica tanto en Andalucía como en Extremadura o La Mancha, una gran construcción en el centro de una finca dedicada a la producción agropecuaria.
Paseando la vista por los páramos del Campo de Montiel, los cerros del Campo de Calatrava, las cañadas del Campo de San Juan o la colosal planicie manchega, encontraremos en cada uno de sus sitios, lugares y parajes edificados con sus correspondientes antecedentes culturales de los actuales cortijos que hoy sirven de fincas de recreo para actividades turísticas o cinegéticas, felizmente rehabilitados.
A la vez no faltan infinidad de ruinas que poco a poco van regresando a su origen de materias primas obtenidas del entorno para edificar ese necesario cobijo que acortara la distancia al pueblo y delimitara el espacio de refugio tan necesario para los habitantes del campo. El arrendatario que entregaba la quinta parte de la cosecha al propietario de la finca, llamado quintero y por tanto, morador de una quintería. Muy distinto del propietario de una quinta. Fincas de recreo nacidas en el entorno de Madrid, equivalentes a los Reales Sitios y a imitación y semejanza de los palacios del rey, servían a la nobleza a menor escala y proporción, como fincas de recreo y caza, además de producción agrícola.
Con los árabes y sobre todo con Al-Ándalus, muchos latifundios romanos se transformaron en alquerías o pequeños núcleos de población rural, que sobre todo en Levante y parte oriental de Andalucía, fueron evolucionando a muchos de los cortijos actuales.
Aquí en La Mancha, además de las evidentes huellas romanas y musulmanas, lo que más determinó la posición actual de los cortijos contemporáneos fueron las órdenes militares, propietarias de toda LA MANCHA hasta no hace mucho. Por medio de castillos y cortijos fortificados, fueron colonizando y conquistando el territorio hasta estructurarlo y administrarlo al principio de la Baja Edad Media como grandes dehesas, cañadas y veredas de gigantescos rebaños que hicieron posible su poderío y riqueza a través de la lana.
Con el agotamiento de las órdenes militares y la extension paulatina de la agricultura comenzaron a surgir nuevos latifundios propiedad primero de la nobleza y luego de la burguesía que a finales del XVIII y principios del XIX, impusieron el cultivo del cereal. Necesitando de enormes infraestructuras agrícolas con la edificación de grandes cortijos donde albergar el gran numero de jornaleros, animales y aperos. Además de la residencia del propietario.
Los libros de texto nos dicen que fue Le Corbusier. Pero yo veo muy claro que fueron, al menos uno o dos siglos antes, los labriegos manchegos. Haciendo uso de esa inteligencia natural para solventar una necesidad. Utilizando materiales del entorno, adaptándoselos al medio y a la escasez de recursos. Limitando el espacio a la racionalidad de la más elemental escala humana. Resolviendo en el espacio más elemental todo cuanto precisaban.
Así pues, si puede definirse o identificarse como vernácula, propia u original un elemento o edificio que defina por sí mismo la arquitectura manchega, esa es "la casilla". Hoy llamada cortijo en casi todas partes, por encontrarse en mitad del campo en cada una de las fincas o parcelas que se sirven de su uso como almacén de aperos y cobijo del labrador.
En ellas se aprecia con virtuosismo natural, lo mejor de las construcciones adaptadas al medio. Que deben figurar como elementos a proteger del patrimonio cultural humano. Pues definen por sí mismas la esencia de la arquitectura manchega. Funcional, utilitaria, práctica, sencilla, humilde, natural, elegante. Libre de todo complemento decorativo. Totalmente al margen de espacios que no respondan al mas estricto interés del uso cotidiano. Líneas rectas. Dimensiones tan humanas como el propio tamaño de hombres y animales. Una simple chimenea y dos poyos para cocinar y dormir, junto a una cuadra para animales y aperos. El Racionalismo en su estado más originario. Nacido en LA MANCHA sin conocimiento de sus inventores.
Este es el valor más incalculable y universal del cortijo manchego. Surgido de la opulencia romana, el pragmatismo árabe, la necesidad agrícola y el sentido común del ser humano.
Una edificación tan sencilla que siempre ha sido infravalorada como un simple almacén circunstancial. Cuando en realidad es fruto de milenios de adaptación al medio. Y medio de vida para la esencia de La Mancha.
La casilla manchega: el auténtico cortijo manchego. Seña de identidad y motivo de orgullo como una de las grandes aportaciones del ser humano a la arquitectura universal. Como siempre con esa humildad tan sazonada de complejos de los manchegos. Un valor menospreciado y olvidado por nosotros mismos"
Salvador Carlos Dueñas Serrano.
Artículo en "Saber Sabor por La Mancha"
Las fotografías que acompañan al artículo de Salvador me han ido ofreciendo, a lo largo de estos años, que la visión constructiva de la Mancha se asemeja en gran medida a la de mi tierra, Jaén.
Me perdonará el lector que solo haya incluido imágenes de las mal llamadas "ruinas", (aunque algunas les parezcan que no lo son pero todas ellas han sido desvalijadas, privadas de puertas que puedan frenar la insidia), pero es la única forma que barajo para dar visibilidad a estas entidades que se pierden, sin ninguna compasión, a lo largo y ancho de nuestro país. ¿De qué me serviría mostrarles los cortijos reconstruidos, los nuevos, los que se amparan tras vallas interminables, los que tan apartados de los caminos nunca alcanzaré a ver? A mí llévenme a unas ruinas para que las vaya reconstruyendo con las artes de la imaginación.
El buen artículo de Salvador me ha traído de nuevo la nostalgia por los años, demasiado breves, compartidos con mi madre. Crecer escuchando como su infancia se desarrolló en un cortijo andaluz. La añoranza nunca la abandonó y siempre soñó, hasta sus últimos días, en regresar a esa pequeña parcela donde el mundo se detenía cada día, a esas paredes encaladas, al fuego encendido, a la inmensidad del campo y a la espera de ver correr los arroyos estacionales. A la fuente, lejana, para ir a llenar los cántaros, distracción y trabajo compartido. Allí el tiempo no se medía por los pasos dados, si no por las emociones.
Es por eso que cuando la nostalgia nos acecha, nos apunta con el dedo, nos engulle y cambian las tornas a la desazón, el que artículos como éste nos devuelven el interés por los cortijos y nos hacen reflexionar en que lo que vemos ahora, de pasada, fue el extenso relato de estas gentes que, en palabras de mi madre, eran felices porque no conocían otra cosa, porque puestos a comparar nadie sabría que puerta nos abriría al futuro, y que como ahora, los tiempos se repiten en añoranzas a la par que en penas.
Salvador no solo es alcalde de la preciosa Fuenllana, también escribe con innegable habilidad y talento, tal como un investigador enamorado de las llanuras que no tienen límites, de los horizontes donde la luz al atardecer se vuelve de un rojo manchego. Un pueblo es el resultado de un diálogo entre todos los que lo quieren, el llevar a buen puerto un sueño que se puede hacer realidad. Qué maravilloso sería que lo que ha ocurrido en Fuenllana se contagiara a más localidades.
Se acerca la Semana Santa, acepten un consejo y piérdanse por el entramado diáfano de sus calles, de sus numerosas plazoletas engalanadas de estatuas y flores...Acérquense a su lavadero de las Monjas, no he visto nada igual; al castillo-iglesia de Santa Catalina, al convento tan ligado a la figura de Santo Tomás de Villanueva, su antiguo puente sobre el arroyo Tortillo, la fuente que da nombre al pueblo o la Verjilla,...Lean los azulejos que detallan la historia de esta localidad, busquen el callejón de la Puerta del Corral donde el tiempo se detuvo...Aléjense por el camino al cementerio, por el de sus ermitas...Diríjanse hacia Infantes por la Vereda del Cura y, cuando echen la vista atrás, den rienda suelta a los sentimientos, porque regresar tiene más connotaciones que el hecho de partir, así, Fuenllana se quedará en sus retinas, como un lance que te alcanza directo al corazón. Para mí, sigue siendo el pueblo más hermoso, más auténtico, de todo el Campo de Montiel.








